Vida y Sociedad Una cierta mirada de mujer
Ciudad de México: La claridad del genio literario de Sor Juana Inés de la Cruz trasciende al ámbito universitario, por lo cual meritoriamente es honrada su figura con actos académicos como ejemplo a segu / Agencias
Taller de Crónica Narrativa de la Sociedad Historiográfica de Coatzaoalcos

Imagen del Golfo
Coatzacoalcos, Ver. / 2017-11-11

En perseguidme, mundo ¿qué interesas? / ¿en qué te ofendo, cuando solo intento / poner bellezas en mi entendimiento / y no mi entendimiento en las bellezas? – Yo no estimo tesoros ni riquezas / y así, siempre me causa más contento / poner riquezas en mi entendimiento / que no mi entendimiento en las riquezas.

– Y no estimo hermosura que vencida / es despojo civil de las edades / ni riqueza me agrada fementida – teniendo por mejor en mis verdades / consumir vanidades de la vida /que consumir la vida en vanidades.

He querido comenzar con esta poesía de Sor Juana porque en ella, a mi parecer, esta brillante mujer plasma la esencia de una vida dedicada a la búsqueda del conocimiento y las luchas que tuvo que librar para realizar lo que le llama ‘sus naturales impulsos’, en una época en que la sociedad estaba dominada no tan solo por los hombres, sino además por la iglesia católica.

Más que repetir los ampliamente difundidos datos de su biografía, me gustaría abordar los acontecimientos que motivaron la escritura de dos documentos que integran su admirada obra literaria, se trata de la Carta Atenagórica ó carta de la sabiduría de Atenea, y Respuesta a Sor Filotea de la Cruz; que han sido objeto de concienzudos análisis por parte de intelectuales de épocas pasadas y contemporáneos y que sin embargo, estos hechos son pocos conocidos.

La lectura de estas epístolas y los análisis que de ellas se hace, dejan entrever que se esconden detrás manipulaciones políticas, las intrigas y sobre todo misoginia hacia su autora por parte de los más encumbrados personajes en la sociedad virreinal de la Nueva España, la cual se regía por los dictados de la Iglesia.

Para entender mejor esto, debemos de recordar el contexto histórico en que Juana de Asbaje y Ramírez, mejor conocida como sor Juana Inés de la Cruz, vivió y desarrolló su genio literario, pues nace el año de 1651, en plena época colonial. Decide profesar como religiosa para poder dedicarse al estudio de manera autodidacta ya que su condición de mujer no permitía lograrlo de manera formal, y el matrimonio nunca fue opción para ella.

Sor Juana poseía lo que conocemos como una mente brillante y amplio conocimiento de casi todas las disciplinas que en esa época componía el saber humano, por ello y su gran talento para las letras, contaba con la admiración de los virreyes y era constantemente requerida para hacer las delicias de cortesanos.

A pesar que contaba con grandes admiradores, también eran muchos los detractores, pues cómo osaba esa monja dedicarse a actividades tan poco comunes como el estudio de las ciencias, la teología y lo que confiesa ser su gran pasión: la Literatura.

Así fue como el prelado Manuel Fernández de Santa Cruz, obispo de Puebla, a quien ella lo consideraba un aliado, le solicitó que escribiera su opinión sobre el Sermón del Mandato que el padre Antonio de Vieyra predicara ante los reyes de Portugal en 1650.

Antonio de Vieyra era alto jerarca de la Iglesia perteneciente a la orden de los jesuitas, muy admirado y elogiado por su obra teológica y considerado uno de los más grandes prosistas de la época.

En este sermón Vieyra expone la tesis de que la mayor fineza, el mayor sacrificio que Cristo hizo por los hombres, fue ausentarse y no el morir, argumentándolo con sinfín de ejemplos, como el que María Magdalena llora en el sepulcro y no al pie de la cruz; por lo tanto, le duele más la ausencia que su muerte.

En la Carta Atenagórica, nombre con el que publica la carta el obispo de Puebla, Sor Juana le refuta con argumentos que ponen de manifiesto su superior manejo del razonamiento lógico y sus amplios conocimientos teológicos.

En primer lugar dice que una fineza para ser grande debe tener dos condiciones: el costo para quien la ejecuta y, por otro lado, la utilidad para quien la recibe. “Luego, para ser del todo grande, una fineza debe tener costos al amante y utilidad al amado”, esta última condición es, a su parecer, la que olvida Vieyra en su sermón del mandato; sostiene ella al contrario de Vieyra que la mayor fineza de Cristo fue morir y no ausentarse.

Lo argumenta y ejemplifica de diversas maneras: “¿Cuál mayor fineza es mayor costosa para Cristo, en su condición de hombre que morir? ¿Cuál es más útil para el hombre que la Redención de su muerte? El mismo Señor lo reguló así: la encarnación (aunque esta sea mayor maravilla) fue el medio, o sea necesaria para la muerte, luego: la muerte fue mayor fineza, y por eso dijo al morir: Todo está consumado”.

Y así a lo largo de toda la carta va refutando cada uno de los argumentos de Vieyra con una contundencia que al hacer la lectura de la carta debo confesar que hasta los más renegados, si Sor Juana nos hubiera predicado, nos hubiésemos convertido en creyentes.

Continuará...

Comentarios: asohistori@yahoo.com.mx a cargo de R. Alcántara C.

Edición Impresa
Vida y Sociedad 2017-11-17

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