Vida y Sociedad Las huellas de la infancia
Ciudad de México: Los recuerdos de la infancia jamás se olvidan, porque con el paso de los años nos reiremos de lo que lloramos y a su vez lloraremos por aquellos momentos que nunca podrán volver. / Agencia
Taller de Crónica Narrativa de la Sociedad Historiográfica de Coatzacoalcos

Rafael Alcántara-Conde
Ciudad de México / 2017-10-14

De mis páginas vividas, siempre guardo un gran recuerdo;
mi emoción no las olvida, ¡pasa el tiempo y más me acuerdo!
Enrique Cadícamo (1944)

Se decía que, en la más tierna infancia, de la cuna donde me dejaban solía escabullirme al levantar las duelas que formaban la cama y luego bajar al piso, para salir al patio corriendo de puntitas diciendo algo inteligible como “aya, aya, ayo ayó” que pudo haber sido “Falla, Falla, Fallo salió”; pero lo curioso sería que me dirigiera a la otra casa antigua, de madera y lámina, haciendo por el solar gran trayecto parabólico en vez de ir directo hacia un costado.

En alguna que otra vez oí decir a la Autora de mis días, dentro del círculo familiar y no sin cierta satisfacción, que cuando se iba a hacer la compra al mercado ‘grande’ del Centro me colocaba junto a mi hermano mayor, aun siendo de escasa edad, en el pretil de la ventana alta que daba directo a la calle y a través del enrejado quedaban las piernas colgando hacia fuera; posición en donde ambos tranquilos permanecíamos hasta su regreso del mandado.

Dicha vivencia acaso nos infundió el sentido de obediencia a la recomendación materna y a la vez de haber la confianza que siempre se nos tuvo en nuestro comportamiento. El caso es que mi hermano luego le daba la queja, porque en el ínterin la hija de una vecina pasaba a molestar haciéndole en los pies cosquillas a él, sin poderse proteger del acoso pueril ya que en tal situación no podía eludirlo ni mucho menos intentar bajarse para quedar a salvo.

Sin asegurar que haya sido realidad, en el muro de mi retentiva está incrustada la visión de haber ido en tren llegando a Minatitlán aunque sin poder saber con qué motivo sería el viaje ni con quién lo hacía, pero desde el asiento al lado derecho miraba como surgían las casas habitación en el trayecto; toda vez que según he sabido solo existió un ramal del ferrocarril istmeño desde la distante estación de Hibueras que llegaba hasta el centro urbano petrolero.

A mí quizá me tocó aprender el conocimiento de las primeras letras al acudir con las Ruíz, varias hermanas entonces solteras y medio parientas viviendo por el comienzo de la misma tercera calle de Díaz Mirón, donde no únicamente a sorbos yo abrevé la instrucción escolar, sino también experimentar la convivencia con otra gente menuda desconocida llevada con el mismo fin, e ir comportándome bajo pautas de respeto, amabilidad y compromiso.

Una ocasión que con mi hermano fuimos a dejar por Las Escolleras su cuelga a otra vecina, al llegar tenía la señora sobre su mesa frijoles negros que limpiaba; entonces, de curioso me coloqué un grano en mi fosa nasal y dado que -sin poderse sacar- se había hinchado con lo húmedo, volviendo al hogar respiraba con dificultad. Mi madre sin pensarlo me llevó dos calles arriba con el Dr. Sparks quien fácil con una cucharilla me libró del fruto fermentado.

Del lado de la puerta que la tienda en la esquina da salida a la calle Carranza, había un árbol mediano de pochote cuyo follaje daba más una bonita sombra por las tardes y cuando luego de haber florecido se veían abrir sus cápsulas frutales le aparecían unas borlas blancas, las que confundíamos con algodón. A sus pies la perra llamada Pituka que mi madre apreciaba mucho llegó a morirse, junto a una mata de vistosas flores amarillas nombrada campanilla.

Quien sabe con qué fin, en más de una ocasión me tocó cumplir el encargo materno e ir a la siguiente calle Madero, donde vivía la familia de don Pablo Blanco, ya que su esposa doña Licha con gran esmero tenía un surtido jardín delante del hogar frente a la escuela situado, cultivando variedades de rosa, tulipán abierto o repollado; si podría vender la confección de sencillo ramillete de flores al momento formado con especies de distintos colores y aromas.

De buenas a primeras, una mañana a mediados del mes de enero despertamos en mitad de la sala ya que tenían sacado nuestro cunero de donde nos dejaran durmiendo; ello, debido a que se había dado durante la noche el normal alumbramiento de una hermanita, con auxilio de una venerable partera, que vendría siendo la número cinco de los inquietos nietos, como descendientes de don Facundo Conde Cantero, nacidos en la misma morada familiar. Continuará...

Comentarios: asohistori@yahoo.com.mx a cargo de R. Alcántara C.

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Vida y Sociedad 2018-09-20

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