Ma. Elvira Santamaría Hernández / En Pocas Palabras
El temor callado
2017-01-05
Siempre despierta unos segundos antes de que suene el despertador. Es como si su subconsciente tuviera a diario el reto de ganarle; y lo logra. No hay tiempo qué perder, hay que levantar a los hijos. Se dirige primero al baño, orina, se lava las manos, se enjuaga la boca y se medio aplaca el cabello alborotado, al verse de refilón en el pequeño espejo.
Camina al cuarto de los mayores, zarandea suavemente a Josué y a Rafael al tiempo que les habla al oído. -Levántense, ya es hora.
Solo espera un segundo para cerciorarse de que han reaccionado y sigue hacia la recámara de Michel y Claudia. Ellas son más pequeñas y entran hasta las ocho a la primaria y a maternal, pero aprovecha para saber si aún siguen dormidas.
Se dirige a la cocina y allí directo al refrigerador. Saca la leche, el cereal, busca unas seis naranjas, y las gelatinas que preparó el día anterior.
-No oigo la regadera- grita a los adolescentes que lentamente se despabilan y que luego, uno a uno van metiéndose a bañar.
El primero en bajar listo es Rafael. Con sus pelos parados pero según él muy bien peinados, a la moda. Saluda y da un beso a su mami que lo corresponde apenas, ocupada como está en prepararles también el lunch.
Baja Efrén, el esposo, bañado, arreglado y oliendo a loción. Su fragancia envuelve el ambiente y atrás de él, Josué, joven del tercero de secundaria que ha adquirido cambiantes estados de ánimo. A ratos muy serio y en otras muy juguetón.
Se han saludado y apenas conversan, desayunando con cierto apuro, sabiendo que es muy fácil que se les haga tarde.
Terminan; los chicos van a lavarse los dientes a la carrera y el esposo hace lo mismo. El pasará a dejarlos a la escuela y de ahí se irá al trabajo.
Nery les pregunta si llevan todo y despide con un beso a cada uno. Son las seis treinta de la mañana y ahora le toca ver a las dos princesas que seguramente ya han despertado.
En esta intensa rutina mañanera no hay demasiadas pausas. Hay que supervisar el baño de las niñas. Claudia con sus seis años, ya se baña sola, pero Michelle, de cuatro, lo intenta, pero todavía debe ayudarla. El uniforme y las calcetas, están listos. Los zapatos son los que cuesta más trabajo encontrar, nunca saben dónde los dejaron. Las dos juegan mientras su mamá intenta peinarlas y luego se quejan al sentir el cepillo que pretende no dejarles ni un cabello fuera de su lugar. Las pone preciosas con su cabello recogido con cintas de color azul marino, haciendo juego con su ropa escolar.
Ve que ambas desayunen y no se ensucien; y tras el ritual de lavarse los dientes las lleva en su jetta 2009 a la escuela, que no está a más de diez minutos.
De regreso a casa pasa por el súper y en la cocina mientras guarda el pan de caja, las mandarinas, las calabacitas y el queso que compró, da pequeños sorbos al café que comenzó a tomar desde que desayunaron los muchachos y que ya está frío.
Un respiro mientras oye lejos el parloteo de la radio que Efrén dejó encendido en el baño y se dirige lentamente a la escalera para subir a su recámara. Escucha que ha llegado Virginia, la señora que va dos veces por semana a limpiar la casa y lavar la ropa. Responde su saludo a distancia y sigue subiendo para enfrentar ese momento que le hace temblar cada día sin compartir con nadie su miedo.
Sin prisa busca una bata y se encamina al baño. Se quita la blusa y el brassier. Respira profundamente y comienza en silencio la rutinaria y agónica revisión de sus senos. Son segundos eternos en que el temor invade su mente, en que rememora la vez que descubrió un bolita en uno de ellos y surgió por primera vez en su mente la posibilidad del cáncer, esa palabra que cambia a miles de mujeres su sentido de la vida y su despreocupada seguridad en el mañana.
Nery pasa por este trance de angustia íntima cada mañana. Es solo suyo, no lo comparte con nadie, no le ve caso a propagar ese temor oculto que siempre está ahí, silencioso, amenazante, unido indisolublemente a la hermosa sensualidad del cuerpo femenino.
La exploración de hoy no ha topado con nada. Exhala fuertemente, sonríe a su cara en el espejo y como quien acabara de conquistar el mundo, comienza a tararear una melodía de Enmanuel de la que ni se sabe bien la letra, se quita el resto de su ropa y se mete feliz bajo la regadera. Otro día más sin cáncer. Prueba superada.
(Dedicado a las mujeres que viven y enfrentan el cáncer y a todas, todas las mujeres que guardan en su interior el temor a padecerlo)
DI Noticias Noche 20 de Mayo del 2015
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